Al calor de la fragua
Gumersindo Gómez Lobo.
Hay días que de pronto te acude la nostalgia sin saber por que... nostalgia a destiempo y sin motivo... hoy el rumbo de la nostalgia me lleva a mi infancia y aprovecho esta ocasión, para escribir recuerdos de un oficio que en un tiempo pasado, tienen momentos y fechas que anhelo.
Entre los años 1870 y 1900 mi abuelo paterno Juan Gómez, casado con Isabel Vírseda, fue un famoso forjador y destacó por su fuelle de cadena. Su trabajo era requerido tanto en el pueblo, como en otros de la provincia, entre ellos Zarzuela, Lastras, Sauquillo, Navalilla, San Miguel, Fuenterrebollo, Turegano, Aguilafuente, etc...
En la misma época mi abuelo materno, Eugenio Lobo y su mujer Juana Matey, también llevan una vida semejante viviendo de este mismo oficio. Hasta que en 1940 muere y es su yerno, Gumersindo Gómez Vírseda casado con Daría Lobo Matey los que mantuvieron la tradición familiar, dedicando su vida profesional a la fragua y comenzando la actividad en el antiguo taller de Eugenio, manejando aquellos utensilios que él sabiamente utilizó.
Fue entonces cuando mi padre sin saberlo se convirtió en maestro, mi maestro, porque yo observándole día a día, aprendí este arte de modelar metal, y con tan solo 11 años estando solo en la fragua atendí a un cliente, que depositando su confianza en mí, dejo que realizara mi primer trabajo. Cuando lo di por acabado, mi padre se presentó, en aquel momento vi en sus ojos una mirada de orgullo, un sentimiento de ternura, que sin obtener palabra alguna, comprendí que mi destino sería el de forjador.
Con los años descubrí que el frío tacto del hierro en la mano, que el calor de la fragua en la cara y el sonido a golpe de martillo en el yunque, era mi pasión.
El oficio consistía en poner sobre el fogón de la fragua el carbón de brezo que nos traían de Ríofrío o el carbón de piedra que era transportado desde las minas de León. Una vez que se prendía para avivar la llama del fuego, se establecía una corriente horizontal de aire a presión entre las aberturas, por medio de un fuelle de grandes dimensiones que se accionaba con el pie o con la mano. Sobre el carbón ardiente se calentaba el hierro hasta el punto de ponerlo al “rojo vivo” a continuación se le pasaba a la calda, que sujeto con unas tenazas, se le golpeaba fuertemente con un gran martillo, moviendo y volteando el metal, para darle la forma deseada aprovechando el perfil que tiene el yunque, puesto que es un prisma de hierro acerado con punta a uno o a ambos lados, encajado sobre un tocón de madera que hace de base. Para terminar el proceso se le enfriaba en un cubo de chapa lleno de agua o en aceite si la herramienta era de corte, como el hacha.
La manera de soldar dos trozos de hierro era utilizando arena, una arena blanca que nos proporcionaba el pinar de Cantalejo, ya que ésta era tan especialmente fina que una vez incandescente el hierro, se le añadía en su justa proporción y tan solo a golpe de martillo se unían ambas piezas, quedando la soldadura con más cuerpo y resistencia. A esta arena se la daba otras muchas utilidades, una curiosa era que las mujeres la utilizaban para abrillantar aquellos pucheros y sartenes que se ennegrecían en los morillos de las oscuras lumbres de leña.
Dichos morillos se forjaban con el hierro traído de Aranda o de Segovia en diversas formas y con distintas medidas y grosores. Para adecuar su forma a nuestro trabajo se utilizaban varias herramientas como el cincel o la tajadera para cortar y el torno para retorcer o dar formas acaracoladas.
Eran bastantes y variadas las piezas de trabajo que pasaban por las manos del forjador, puesto que eran muchos los oficios que dependían de él y muchas las herramientas que había que reparar por el uso que se les daba.
Para el resinero era muy importante tener sus azuelas listas para el derroñe, el cribero necesitaba distintos tamaños de sacabocados, el trillero requería clavos, ganchos, barras y flejes entre otras. Los útiles de labranza para el labrador tenían que estar preparados para la temporada de verano, el bieldo, el yugo, la vertedera, el rastrillo, los gavilanes, la hoz, la guadaña, las revolvederas y sobre todo y lo más entretenido y trabajoso de hacer era “echar puntas a las rejas” (cuchillas) del arado romano.
Además de todo esto se hacían lámparas, cabeceros, percheros, llaves, cerraduras, bisagras, espejos, ruedas de carros... formando todo ello un muestrario variado de trabajo, añadiendo a los mismos, detalles individuales y personalizados.
Hay que destacar que como en casi todos los oficios, el momento del almuerzo era de los más agradables. Sobre las diez de la mañana como rutina se acercaban varios amigos o clientes y entre risas y bromas nos almorzábamos un trozo de pan con chorizo y tocino, más un trago de vino de la bota, que nos proporcionaba la alegría para pasar el día.
También he de mencionar los momentos más desagradables, en los que las palabras malsonantes hacían su aparición, ya que de vez en cuando, solía meter algún dedo entre el martillo y el yunque. O aquel ascua calentito que no esquivaba y me hacia bailar.
Y así transcurría la vida y como en tantos casos, las necesidades de la misma, me forzaron a nuevas técnicas y maquinarias, con cambios que sucedieron gradual y progresivamente según la demanda y en pocos años me vi haciendo estructuras para naves y restauraciones de iglesias. Pasé de forjador y herrero a hacer trabajos más industrializados, aprendiendo día a día, más y más cosas sobre este metal y después de mucho luchar, cuando uno más domina, conoce y entiende... lo tiene que dejar por la edad.
Hoy me doy cuenta, que una nueva historia se estaba forjando y no era... al calor de la fragua.
ANA ROSA ZAMARRO
Hola, aunque la historia se lee por sí sola, porque está escrita desde la verdad de una vida, de manera ligera y agradable, insisto con un escaner puedes subir fotos, y hacernos conocer esas herramientas, detalles y sabores que si no tuvieras a mano los encuentras en los muesos de etnología- reales y virtuales-, los puedes sacar y así aprovechar al máximo la riqueza de las historias que cuentas , que son patrimonio cultural nuestro y que hay que atesorar. También te sugiero las juntes todas luego y las ofrezcas a tu ayuntamiento para sacar en un librillo... bueno,...ideillas que se me ocurren, es que son muy bonitas. Saludos cordiales.